Cómo contar a un niño el drama de los desplazados

María de la E

Hace unos días me miraron unos ojos asustados. Nos separaba una ventanilla de tren y un abismo vital. Yo viajaba glamurosa y perfumada en ilusiones a Milán. A él le habían bajado del tren. Le custodiaban cinco carabinieris tras comprobar que no disponía de papeles. Una mirada, tres segundos. Probablemente los únicos tres segundos de nuestra vida que compartiríamos. Traté de agarrar su importancia, su inmensidad, y procuré transmitirle confianza. Aquél hombre de piel oscura, de estereotipo refinado, me devolvió dolorosa la conciencia a veces dormida y disfrazada. Pensé en mis hijos y en qué me preguntarían si estuvieran allí conmigo. «¿Por qué se lo llevan?» «¿Qué ha hecho?» «¿Es peligroso?» A mi se me encogería el estómago y soñaría con darle al mano a Francesca Sanna (Italia, 1991), con sentarla entre nosotros y que fuera ella, con su álbum El viaje (La Pequeña Impedimenta), quien les contara porqué se lo llevaban. Pensé también en recuperar este blog para no olvidar la mirada asustada de aquél hombre, para facilitar que otros niños, que no son mis hijos, conozcan por Francesca Sanna qué viaje conlleva el ser desplazado.

De los más de 100 millones de personas que hay hoy desplazadas a la fuerza por el mundo, ella dio vida en su corazón y con tintas a una familia que juega en la playa y que, un día, como quien es tragado por una ola, pierde al padre llevado por la guerra. Lo cuenta con un negro vehemente, hambriento y cruel, que traga y que amenaza como una sombra incalculada. La madre, con su pelo también negro y expresivo en lágrimas y suavidad, abraza a sus dos hijos y emprende con ellos un viaje hacia «un país muy lejano, con unas montañas muy altas», al lugar, donde jamás volverán a tener miedo.

En el periplo tienen que enfrentarse a la renuncia de lo que dejan a atrás, se agarran a la esperanza de una madre que no se rinde más que al amor de sus hijos y consiguen superar peligros reales: La ayuda de desconocidos, el cruce prohibido de fronteras, los guardias que esperan legitimados por la norma contra la huida…el bosque, la noche… Los tres juntos cruzan el mar, apretujados entre los otros y mecidos por los cuentos y por el anhelo de «las palabras mágicas que acabarán con la guerra». Ya falta poco. Avanzan como avanzan las aves migratorias sobre sus cabezas. Y, en la elección de un final abierto, cabe la comparación, el absurdo y la esperanza. Junto a ellos vuelan los pájaros, siempre a rumbo fijo, a pesar del pasado y a pesar de las diferencias.

Cierro el libro y rememoro a esa madre abrazada a sus hijos como una trinidad, unidos como una sola y única esencia de confianza incondicional, de seguridad aparente y miedo contenido. De lucha valiente. Admiro las decisiones estéticas y conceptuales de Sanna, en cuyo viaje ha ido cambiando gradualmente la paleta de colores de muy oscuros (la guerra) a otros más claros (el lugar de rescate). La escala de las figuras también fluctúa de más grandes y amenazantes a otras más chiquitas presas del miedo. Me gusta su elección de textos breves y sencillos, narrados como la crónica de un hijo movido por las emociones y la voz de guía de su madre. Los niños atrapan agudos lo esencial.

Y, claro, me conmueve que detrás de esta historia precisa haya muchas historias de superación despierta. Sus peligros son los mismos peligros que han de superar aquellos que emigran de manera ilegal. Su futuro incierto ha ido construyendo durante siglos la historia de la humanidad y su viaje es atemporal. Habla de los ojos asustados de ese hombre que, conmigo pero sin mi, también viajaba a Milán, y pienso en el concepto de viaje, en su basto significado para todos y para cada uno.

Gracias Francesca por tomar la belleza como forma activa de ser en el mundo, por explicarle a los niños lo que a los adultos nos hace pequeños y por contarles lo fuertes que nos puede llegar a hacer el amor. Gracias a ti, desconocido, por recordarme lo importante. Mucha suerte en el viaje.

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