El día que mentí al gran Komagata mientras me maravillaba con su obra

María de la E
¿Por qué cuando pensamos en el mundo infantil pensamos en una sobredosis de colorines? Hace unos días sobreviví a ellos en la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil de Bolonia. Digo que sobreviví porque sufrí esa malsana ansiedad de no querer perderme nada, de tomar nota de todo, de descubrir al menos tres nuevos tesoros… y acabé sufriendo el rayo en la córnea de La naranja mecánica -en versión naïf-, con miles de millones más cinco libros entre delicados y divertidos, incluso horteras -China se vino arriba como país invitado- o ya conocidos.
Tengo que decir que no sentí incontables hormigueos, la verdad. Pero me traje en la maleta varios títulos, en la mente otros tantos y en el corazón un álbum que ni es novedad -se editó en 2007- ni lo clasificaría en rotundo sino también como libro para niños. Se trata de un trabajo de artista y quizá una de las obras más bellas y sencillas que haya visto jamás: A Cloud, de Katsumi Komagata (Édition One Stroke). Un libro a lo Malevich, aquél tipo que dicen que asesinó a la pintura; un libro radical que, como el padre del supremacismo, se resuelve en blanco sobre blanco.
Acloud_couv
¡¿Que no salen ilustraciones?! ¡¿ni colores?¡ ¿Y no relata una historia con nudo y desenlace?… ¡VALE, de acuerdo!… No suena a bestseller para niños. Pero cuando alguien dijo a finales de los sesenta que el disco Free at Last de Mal Waldon Trio (ECM) contenía “el sonido más bonito después del silencio” no estaba precisamente negando el valor de la música sino poniendo de manifiesto su grandeza.
El silencio es hermoso por su claridad. Y si algo aporta ECM a la industria de la música es precisamente esa cristalinidad del sonido. Esa pureza que tanto me gusta de su catálogo, es la que también me emocionó de este libro: “La forma más bonita después de la nada”.
Su blanco sobre blanco rasga el plano malevichiano. Está troquelado, y ese troquel, que no provoca otra cosa más que una nube, va atravesando las páginas, cambiando de forma, ampliándose y reproduciéndose sobre un cielo blanco de papel, que muta en gramaje y en graduación del tono níveo. Un prodigio estético -tan propio de Komawata- que hace palpable las palabras de Tanizaki, cuando en el El elogio de la sombra dice que “(…) sólo hay que ver la textura de un papel de China o de Japón para sentir un calorcillo que nos reconforta el corazón”.

Me gusta por lo inesperado. Me emociona por lo esencial. Me atrapa porque me recuerda que en la impaciencia no avanzo y que hay que parar un poco; que es en la tenacidad calma donde se abre el significado de las cosas y que todo, hasta lo que parece más básico, es diverso y tiene su complejidad.

A Cloud es una experiencia visual tan poliédrica y esencial como el propio devenir.
Un libro para abrir el melón de la vida a tus hijos como si nada hubiera pasado.
Y para jugar: A perseguir, a inventar, a completar.

 

Al gran Komagata no le conté nada de ésto pero en la feria le brillaron los ojos de felicidad cuando le dije un muy sentido “Wonderful”. Me quiso dar el único ejemplar que tenía. Pero debía ser al día siguiente y yo sabía que no podía volver, y no supe o no quise decírselo. Por una injustificada razón preferí mantener la magia del agradecimiento y de la espera y así fue como, a pesar de que luego me sentí fatal, mentí al gran Komagata mientras me maravillaba con su obra.

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