Oda al aburrimiento (I)

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María de la E

Para mí una de las mejores estampas de la infancia era ver cómo terminaba la carrera de gotas de lluvia estampadas en el cristal del coche. Las seguía con los ojos y con los dedos, con verdadera emoción. Me entraba incluso una malsana superstición cuando fracasaba mi favorita; desazón, cuando se diluía, como preludio del final de una vida; y un sentimiento pleno de satisfacción cuando triunfaba. Aburrirme me hacía descubrirlas, e intuir en ellas algo del extraño proceso que es vivir. Reconozco que el aburrimiento me ha enseñado mucho de lo poco que sé. Una obviedad, pero tan interesante, que nos lleva a conclusiones como la de la británica Teresa Belton: “ese tiempo para ‘no hacer nada'” es para los niños “tiempo para imaginar y perseguir sus propios procesos de pensamiento o asimilar sus experiencias a través del juego o simplemente observar el mundo que les rodea”. Escapar del tedio nos lleva a nuevas personas, pasiones y habilidades, nos invita a desarrollar recursos internos y externos, y a ser -en definitiva- más creativos.

Del tedio han partido grandes aventuras en cualquier cuarto de juegos y en muchas de las historias que hoy son clásicos de la literatura infantil. Por ejemplo, El letrero secreto de Rosie (Kalandraka), donde Maurice Sendak nos descubre cómo Rosie y sus amigos se enganchan a la imaginación para hacer de la vida vulgar una suerte de vodevil, lleno de aventuras, secretos y emociones lisonjeras y no tanto. Un mundo maravilloso, casi utópico, para ese par de niños, inventados por el Dr. Seuss, anclados en sus sillas un día de lluvia. Y es que nunca vi una imagen tan gráfica y literal del aburrimiento: dos hermanos sentados, hipnotizados por la monotonía, “sin nada que hacer más que ver llover” hasta que, de pronto, irrumpe El Gato Garabato (Editorial Beascoa). Con él, llegan sus rimas y sus propuestas medio locas, su ritmo frenético y la sensación de que, al final y sin darse cuenta, los dos niños aburridos han sido atropellados por su propia fantasía en una maravillosa aventura.

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Destinada a ser otro clásico, no tanto por su éxito comercial -hasta Obama cayó prendado expandiendo su poder-, sino por su maravillosa historia, por su fantástico mensaje e ilustración, Imagina, de Aaron Becker (Editorial Kokoro) es otra escapada de la soledad y el aburrimiento infantil hacia mundos insólitos creados por el lápiz rojo de su protagonista. Un mundo el de la fantasía que ya dijo Lewis Carroll -al que conviene no discutir mucho- que era maravilloso. Y si no, que se lo pregunten a su Alicia, cuando aburrida de las lecturas y lecciones de su hermana Ana, decide seguir al Conejo Blanco.

La fantasía nos abre universos que llevamos dentro, pero también nos hace pensar en lo que está fuera, para jugar con ello, para darle la vuelta y repensarlo hasta inventarlo otra vez. Álbumes para los más pequeños, como No es una caja, de Antoinette Portis (Kalandraka), nos plantean viajes imaginarios a través de objetos cotidianos, fomentando investigar también nuestras propias creaciones. A El globito rojo, de lela Mari (Kalandraka) -tan bien contado por Sara Iglesias-, no le hace falta más que un soplo de viento para convertirse en manzana, mariposa, piedra… ¿por qué no seguir inventando? Y jugar a adivinar y a que adivinen otros, como en Un bicho extraño, de Mon Daporta y Óscar Villán (Kalandraka), donde podemos sumergirnos en su rima y en sus sugerentes imágenes para soñar nuevos animales.

También podemos desde casa viajar lejos, a lugares que se saltan lo convencional, y que hacen posible lo imposible, como en Los viajes maravillosos del hada Lilú, de Emmanuelle Houdart (Kókinos). Viajar y viajar, también los mayores, por ejemplo, a las entrañas imaginarias de un niño como Daniel, en Un viaje nunca visto, de Juan Senís (La Fragatina). Ambos libros nos sacarán rápidamente del aburrimiento, aprendiendo o reaprendiendo a mirar las cosas de otra manera, como lo hace, por ejemplo, Pippi Calzaslargas, a quien dedicaremos otro post obligado. Con ella, la vida es en sí misma una aventura que no tiene porqué someterse siempre a etiquetas y roles establecidos, donde el tiempo desestructurado no da paso nunca al aburrimiento, sino a la vuelta de hoja para un nuevo cuento.

Pero no siempre el aburrimiento es el culpable de la imaginación. La tristeza, el sentimiento de soledad o la rabia también nos imponen soluciones a veces creativas, como la invencion de una isla para Esconderse en un rincón del mundo. Es perfecto el de Jimmy Liao (editado por Bárbara Fiore), un lugar silencioso, que nos transforma y nos ilumina y nos conecta con las estrellas de nuestra propia fantasía para crecer y volver, quizá, a una socilalizacion más evolucionada.

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Para afirmar que el cuento no acaba, que la fantasía no tiene fin y el aburrimiento sí, perdámonos en las curiosidades, objetos y animales imposibles de otro Imagina, el de Norman Messenger (SM); o salgamos corriendo a leer El cuento de los contadores de cuentos, de Nacer Khemir (Fondo de Cultura Económica), que nos descubre el mundo infinito y a veces oscuro de la literatura. Una historia inspiradora y un homenaje a los narradores de cuentos, que tanto han ayudado a lo largo de la historia a combatir el tedio, incluso la penuria y el sufrimiento.

Y si quieres más, habla esta tarde a las cinco y diez con El pastor de las nubes, de Pedro Villar Sánchez y Miguel Ángel Díez (Kalandraka). Creo que tiene otro cielo para abrirte.

Ojalá luego te aburras y sueñes tú tambien.

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