Biografía de Jack London, un soñador entre dos mundos

Por  Patricio Jiménez  – http://www.culturaanimal.es

Miss Coolbrith, la bibliotecaria, saluda al pequeño John Griffith Chaney como cada tarde. Con tan solo siete años, es su pupilo más entregado. Ahora le ha dado un libro de Marie Louise de la Ramée llamado Signa, la historia de un niño pobre de un pueblo italiano que lucha por salir de allí y prosperar en la vida. Piensa que tal vez le motive a seguir estudiando y leyendo. No sabe aún que ese niño despeinado y enclenque será uno de los escritores americanos más importantes de todos los tiempos. Ese pequeño será Jack London.

Treinta años más tarde, en una pequeña librería de Nueva York, aquel John compraría un ejemplar usado y maltrecho de la novela de la Ramée aunque el dependiente diría a todo el mundo que el mismísimo Jack London había entrado en su tienda. Solo entonces conocería el final de la historia porque al ejemplar de la pequeña biblioteca de Oakland le faltaban las últimas 40 páginas. En la novela, el niño se convertía en un cantante de ópera mundialmente famoso.

No es raro que Ina Coolbrith viera algo especial en los ojos del pequeño Jack. Antes de tener que aceptar el puesto de bibliotecaria para poder cuidar de su madre, su hermana y sus sobrinos, en San Francisco había conocido a Mark Twain y Bret Harte y colaborado activamente en la revista Overland Monthly, donde habían publicado grandes autores americanos. Junto a Harte y Charles Stoddard formaría la llamada Golden State Trinity y sería la primera poetisa laureada del Estado de California.

Ella fue la primera persona culta que conoció Jack y quien le puso el universo al alcance de su mano. Por ella leyó de todo, desde novelas baratas sobre dioses nórdicos a la Alhambra, de Washington Irving. Sentado en los bancos de madera de la biblioteca conoció que había un mundo más allá de la bahía de San Francisco.

Después, siempre debía volver a casa. Cada día. Y cada día le recibía su hermanastra Eliza que le daba todas las atenciones que no recibía de su madre, Flora, una hija de familia bien de Ohio que se había criado entre algodones hasta que contrajo las fiebres tifoideas. Desde entonces su físico se paró (solo medía metro y medio) y perdió el pelo y algo de vista. Además de tener que calzar zapatos de niña y llevar peluca de por vida, la enfermedad la dejó con continuos episodios depresivos y la obsesión de volver a tener los lujos que por su sangre pura, creía, la correspondían.

A los veinticinco años se había marchado de casa y se había juntado en San Francisco con un astrólogo que echaba el tarot, quien llegaría a ser el padre biológico de Jack, aunque nunca llegó a ejercer como tal. Se marchó al saber que ella estaba embarazada y nunca llegó a conocerle. La labor de padre la ejerció John London, un veterano de la guerra de secesión y segunda pareja de Flora, mientras que la figura de madre correspondió a una de sus dos hijas, la mayor, Eliza, que desde el primer momento cuidó del pequeño.

Aunque siempre mantuvo casa y asignación para su madre, pasó alejado de ella casi toda su vida. Para Jack, su verdadera madre, siempre fue Eliza.

HUÍDA POR EL MUNDO

Es imposible entender la vida de Jack London sin su afición compulsiva a la lectura y su falta de cariño materno. En un mundo paralelo, sin alguna de esas premisas, Jack se habría quedado desde los catorce años trabajando en la fábrica de conservas Hickmott’s. A finales del siglo XIX no había ninguna legislación que regulara la explotación de menores ni las jornadas o el sueldo. Jack y muchos como él, quedaban a merced de los patronos trabajando largas jornadas por unos míseros dólares.

Pero Jack sabía que había otro mundo posible.

Eliza se casó con un hombre mucho mayor que ella y se marchó. Su madre seguía con sus aires de grandeza y la salud del padrastro apenas le permitía trabajar. Jack se convirtió, desde ese momento y para el resto de su vida, en el único sostén económico de su familia. Pero las posibilidades de ganar dinero en una fábrica eran escasas y decidió que no iba a destrozar su salud, tal y como había hecho su padrastro. Un Jack adolescente y curtido en los muelles de Oakland consiguió comprar una barcaza y dedicarse a robar ostras, como un pirata de las novelas de aventuras que tanto admiraba.

El mundo del juego, las tabernas, las peleas, el sexo y el alcohol se abrieron para un chaval que ganaba en una noche mucho más que lo que podría conseguir en un mes en Hickmott’s. De esa época aprendió dos cosas, que para sobrevivir entre hombres debía ser el más fuerte y no amilanarse ante una pelea, y que la bebida era una compañera que le perseguirá para siempre. Salvo en diferentes pasajes de su vida, el alcohol le acompañó por tabernas de mala muerte de Alaska o clubs de moda en Nueva York. Tanto fue así que uno de sus libros más interesantes es una autobiografía contada desde esa relación fatal, John Barleycorn (1913).

Cazando focas en la Sofie Sutherland, con diecisiete años, rodeado de duros marineros escandinavos, buscando oro en el Klondike hasta casi la muerte o perdido en los Mares del Sur hasta casi la locura, siempre estuvo persiguiendo las aventuras descritas en los libros como Moby Dick o Typee de Hernan Melville. Siempre con una única motivación, huir.

Huir de una vida de pillaje en los muelles, de la falta de dinero, de los críticos, de la prensa, del alcohol, de su propia existencia. Como si a su vida siempre le faltaran hojas que esperaba encontrar encima de un barco en algún lugar remoto. Pero siempre había que volver a casa. Cada vez.

ESCRIBIR PARA SOBREVIVIR

Tras regresar de cazar focas, decidió no volver a las fábricas y aprender un oficio. La primera vez que cogió una pluma para participar en un concurso de textos descriptivos para jóvenes de la revista San Francisco Morning Call, descubrió que las palabras le salían solas. ¿Describir? No tenía que inventarse nada, había visto cómo era un Typhoon off the Coast of Japan. Y ganó.

Aun tendría que abrir su mente y aprender más.

Con diecisiete años había pocos libros en la biblioteca de Oakland que no hubiese leído, aunque le faltaba una de las lecturas que cambiarían su vida, El manifiesto del partido comunista, de Karl Marx. A esa edad, Jack había leído y vivido mucho más que cualquier universitario del país y había sufrido en primera persona lo que era trabajar diez horas diarias por diez centavos la hora. Había visto la desesperación de los padres de familia que se suicidaban al ser despedidos y arrojados a la calle tras años dejándose la salud por la empresa. Sabía lo que el capitalismo significaba para los trabajadores como él.

Por eso Karl Marx supuso una revelación. Todo cobraba sentido. Por fin alguien se lo explicaba de forma sencilla y clara: el mundo era una lucha entre explotadores y explotados. Él lo había vivido.

Su entrada en el joven Partido Socialista Obrero Americano le sirvió para frecuentar círculos más selectos, donde en realidad no abundaban los auténticos obreros como Jack. Sus discursos encendidos y el halo de exotismo de ser un trabajador «de verdad» le hicieron ganar popularidad.

Así descubrió otro mundo, el de los pequeños burgueses con sus reuniones en bonitos salones para hablar de literatura o política. Jack los frecuentó mucho, aunque nunca llegó a formar parte de ellos. Con el tiempo los despreció y afirmaría que como de verdad se sentía a gusto era con un trago en la barra de algún bar de mala muerte. Lo cierto es que cuando entró por primera vez en la vieja biblioteca de Ina Coolbrith, también dejó de pertenecer a ese mundo.

Jack pensó que las hojas que le faltaban a su vida eran el dinero y el éxito, y se esforzó de forma compulsiva por completarlas. Lo primero era aprender a escribir y estudió durante diecinueve horas diarias para aprobar el examen de acceso a la Universidad de Berkeley. Lo consiguió, pero, con toda la vida que ya tenía a las espaldas, las clases y sus compañeros le parecieron poca cosa. Tenía prisa por vivir. A los cuatro meses abandonó la universidad con el libro sobre filosofía de Herbert Spencer bajo el brazo. Spencer había llevado las teorías de Darwin al campo de la ética y la sociedad. Según él, las dificultades por las que estaban pasando millones de personas de la época serviría para que los más fuertes sobrevivieran. Solo entonces se lograría la estabilidad social.

Jack pudo poner a prueba esas teorías en Alaska cuando la fiebre del oro le llamó, como a miles de jóvenes, con esperanza de fortuna. Allí tuvo que pasar en una vieja cabaña el silencio blanco de todo un invierno y comprobó como la «raza» anglosajona se había impuesto a las indígenas.

Del Klondike Jack trajo un dolor de dientes para toda la vida gracias al escorbuto, la convicción de que para alcanzar los sueños hay que luchar hasta el agotamiento, una amplitud de miras literarias (hasta allí había cargado con sus libros, algunos especialmente reveladores como Paradise Lost de Milton o El Infierno de Dante) y una cantidad de historias que contar.

Con una vieja máquina de escribir alquilada, Jack no paró de teclear durante noches enteras, siguiendo su costumbre de perseguir las cosas de forma compulsiva, dejando tiempo solo para la lectura. Buscaba la receta del éxito y de la vida, que era lo mismo. Buscó en la filosofía hasta que llegó a Nietzsche, al Superhombre, ¿acaso no era él ese Superhombre que había superado el peligroso paso Chilkoot, el escorbuto y los rápidos del río Yukón?

Pero el éxito y el dinero no llegaban. Las grandes revistas eran las de la Costa Este y estaban aburridas de historias sobre la fiebre del oro. Aún así no se acobardó y se impuso un régimen disciplinario casi carcelario: diana a las cinco de la mañana y escribir durante todo el día. El trabajo fue algo que mantuvo durante toda su vida y, tanto en su casa como surcando los Mares del Sur, siempre siguió la regla de escribir mil palabras diarias.

Su primer contrato como escritor surgió de la revista Overland Monthly, la misma donde había publicado su amiga bibliotecaria y, aunque fueron solo unos siete dólares la pieza, le sirvió de escaparate para mostrar sus relatos sobre el Klondike.

En dos años empezó a publicar cuentos en varias revistas del país y se dio a conocer al mundo como un trampero, explorador y aventurero que había pasado de la pobreza al éxito por méritos propios, ocultando las partes más escabrosas de su vida, empezando por su nacimiento y convirtiendo a John London en su padre biológico.

Jack seguía quemando cartuchos rápidamente. En 1900, con veinticuatro años, se casó y publicó The Son of the Wolf, una recopilación de cuentos sobre Alaska que recibió muy buenas críticas. En 1902 había escrito ya cuatro novelas más con desigual resultado, se había dado cuenta de que no quería a su mujer, estaba harto de escribir sobre Alaska y tenía deudas por valor de 3.000$.

Su estilo directo, sin demasiado lirismo, rudo a veces, pero absolutamente realista fue bien acogido por el público del joven siglo XX. El pueblo americano estaba deseoso de historias de acción, con personajes que luchaban contra la naturaleza y vencían. Superhombres anglosajones.

Cuando se alejaba de eso, la respuesta de público y crítica no era la esperada.

La llamada de lo salvaje de Jack London editado por Nórdica LibrosEntonces llegó The Call of the Wild (La llamada de lo Salvaje) en 1903, la historia de Buck, el perro que pasa de una agradable finca de California a los bosques del norte de Alaska. La historia le salió a borbotones y, de nuevo, a pesar de haber dicho que no volvería a escribir sobre el Klondike, casi no hizo otra cosa hasta que la terminó. Por una vez, dejó a un lado el sermón del superhombre anglosajón y simplemente contó una historia, un relato lleno de lirismo descriptivo que te lleva de viaje junto a los perros del trineo. Hay una lucha, claro, la ley del más fuerte, como no podía ser de otra manera en Jack London, pero Buck no tiene filosofías, solo sigue hacia adelante para sobrevivir.

The Call of the Wild entró directamente en la historia de la literatura americana. Ya entonces fue un rotundo éxito de crítica y público. Al año siguiente llegó la confirmación con The sea Wolf, la historia de un capitán de barco fiero y brutal que no duda en torturar a su tripulación. El personaje de Wolf Larsen se convertirá en el primer personaje sádico de la literatura americana.

A partir de entonces, Jack tuvo ese reconocimiento que tanto había ansiado, pero se dio cuenta de que había apostado todo a la carta equivocada. El éxito y el dinero no llenaron las páginas que le faltaban a su vida. Un soñador entre dos mundos que no pertenecía realmente a ninguno de ellos.

Escribió mucho más, con mayor o menor éxito, siendo pionero en algunas temáticas y en las formas de tratarlas. Por ejemplo, The Game (1905) es todavía hoy en día uno de los relatos más realistas y duros que se han escrito sobre el boxeo, un deporte que siguió y practicó toda su vida. The Star Rover (1915), es una novela de culto sin mucha repercusión en su momento pero que narra, con la maestría y la espiritualidad de sus últimos años de vida, la historia de un preso condenado a muerte y torturado por los guardias que escapa de la situación mediante proyecciones astrales, convirtiéndose en diferentes personajes como un conde francés o un soldado romano en la época de la crucifixión de Cristo.

Sin embargo, es con su autobiografía novelada llamada Martin Eden (1909) donde podemos decir que escribió un libro anticipado a su época. La historia de Martin Eden es claramente su propia historia, de la pobreza al éxito, desde donde se da cuenta de su absoluta infelicidad. La crítica fue despiadada con él, aunque el público lo recibió algo mejor. Hoy, es considerada la primera novela existencial americana y pilar fundamental de la obra de Jack London.

Escribía para ganar dinero cuando necesitaba comprar un barco para huir a los Mares del Sur o para comprar un rancho y construirse una casa donde refugiarse del mundo. Escribía para exorcizar sus fantasmas, como el alcohol, con John Barleycorn, o en The Little Lady of the big House (1916), de sus problemas de pareja con Charmian, la mujer de su vida, su mujer-compañera que le acompañó, tras abandonar a su esposa, hasta el final de sus días por tierra y mar hasta donde la quisiera llevar.

TUYO, POR LA REVOLUCIÓN

Su faceta socialista no le fue mucho mejor. Al principio fue un activo importante para dar a conocer el movimiento en Estados Unidos. Su convencimiento de que solo la revolución podía ser el camino final era aplaudido y temido a partes iguales. De una gira de conferencias por todo el país surgió The Iron Heel (1908), una falsa autobiografía de Avis Everhard, la mujer del revolucionario Ernest Everhard, otro de esos superhombres fuertes e inteligentes de los relatos de Jack y por cuya boca proclama lo que él mismo decía en sus conferencias. El libro está escrito con una extensa cantidad de notas al pie de página, como si fuera un texto clásico leído varios siglos después, y causó una fuerte impresión tanto dentro como fuera del país.

portada_17825The Iron Heel se extendió por todas las fábricas americanas y europeas. En ella explicaba cómo la oligarquía capitalista aplastaría a los proletarios si estos no se unían y luchaban juntos. La revolución organizada como único camino, ya que la maquinaria capitalista impediría por todos los medios que los socialistas pudieran cambiar las cosas desde el gobierno, aunque aumentaran en votos, como así sucedió en las elecciones de 1912.

La importancia de esta obra, además del interesante juego de historia dentro de la historia con las notas al pie de texto, es que acertó en muchos de sus planteamientos. Que la clase obrera sería aplastada por aquellos cuyos intereses ponían en peligro fue lo que ocurrió exactamente con el fascismo en Europa o con el encarcelamiento de los radicales americanos durante el Terror Rojo de 1919.

Pero Jack no llegó a ver nada de eso, y la inacción y las luchas internas del Partido Socialista, junto con las críticas que recibía de estos por haberse convertido en un terrateniente, acabaron por socavar la poca confianza que aún poseía en el ser humano.

De firmar sus cartas durante toda su vida: «Tuyo, por la revolución»,  acabó por solicitar la baja del Partido el siete de marzo de 1916. Al acabar, Charmian le preguntó cómo se llamaría a partir de entonces: ¿revolucionario?, ¿socialista?.

— Me temo que ya no soy nada. Soy todo eso. Las personas me decepcionan cada vez más. Y cada vez más me vuelvo hacia la tierra.

BEAUTY RANCH

En las más de cuatrocientas hectáreas de terreno cerca de Glen Ellen en California fue donde Jack puso las últimas esperanzas de escribir su verdadera historia, donde escribir las últimas páginas de su libro más importante. Cientos de miles de dólares fueron invertidos en nuevas técnicas de agricultura y en la cría de caballos y cerdos. Quería convertir el Beauty Ranch en un ejemplo de granja científica donde poner en práctica las teorías de Darwin, pero también crear un reducto socialista donde los trabajadores pudieran vivir, comprar a precios más económicos, llevar a sus hijos al colegio…

Sus relatos se convirtieron en el medio de pagar los gastos de la finca y la construcción de su mansión, la Wolf House, grande y de los mejores materiales donde poder vivir por fin tranquilo junto a Charmian y Eliza, que se había hecho cargo de la administración del ranchotras la muerte de su marido.

Pero como otras tantas veces en su vida, por confiar en las personas equivocadas o simplemente por mala suerte, las desgracias se cebaron con él. A pesar de ganar premios de ganado y de productos agrícolas, nunca llegaba a generar los ingresos suficientes como para dejar de escribir. Cuando podía haber alguna posibilidad, algún semental sufría un accidente o había una plaga.

Aunque su casa provisional siempre estaba llena de amigos y admiradores que vivían gracias a la generosidad de Jack y disfrutaba enormemente cabalgando por sus terrenos con Charmian, siempre estaba esperando el futuro: «Cuando se acabe la construcción de Wolf House», «Cuando el rancho dé beneficios…»

El veintiuno de agosto de 1913, a medianoche, probablemente unos productos inflamables usados en la obra se prendieron de forma espontánea alcanzando un bosquecillo de secoyas. Con el despuntar del día siguiente, la Wolf House había ardido hasta los cimientos ante la mirada impotente de Jack.

El vagabundo de las estrellas de Jack LondonAbrazado a Charmian, algo se rompió en su interior. De esa experiencia surgió The Star Rover.

Todos sus esfuerzos por invertir el dinero en algo productivo que le alejara de escribir sus mil palabras diarias eran un absoluto fracaso.

El eterno materialista volvió su mirada a los libros y descubrió a Freud, o más bien a su seguidor Carl Gustav Jung. Pudo explicarse entonces su desesperada búsqueda del dinero y el éxito debido a la falta de cariño de su madre. Había buscado la autoestima que se le había negado como niño.

Sus últimas novelas, The Kanaka Surf y The Water Baby, están realizadas bajo las teorías de Jung y los efectos de los opiáceos que debía tomar para el dolor intenso que sufría cada día. El alcohol y una dieta hiperproteica le habían destrozado los riñones que ya no podían eliminar las toxinas de su sangre. Eso, unido a los cólicos renales y al reuma, le hicieron habitual de la morfina, lo que le producía frecuentes cambios de humor y ataques de ira.

Pero Jack nunca le tuvo un excesivo miedo a la muerte. En diferentes periodos de su vida había jugueteado con la idea del suicidio guardando un revólver en el escritorio. Las deudas, las críticas, la falta de perspectiva, de motivación, le habían hecho fantasear con la idea de acabar de repente.
Hasta que un día simplemente se apagó.

Charmian nunca pudo darle un heredero fuerte, como tanto desearon, pero Jack tenía dos hijas de su primer matrimonio. La madre, Bess, nunca le había perdonado que la dejara por otra, y sus hijas siempre estuvieron más apegadas a ella que a su padre. Aún así, lo último que escribió Jack London fue una carta para su hija:

«Querida Joan:
¿El próximo domingo queréis ir a comer conmigo en Saddle Rock? Si hace buen tiempo podríamos salir a navegar por el lago Merrit, y si no, podemos ir a alguna matinal. Dime algo sin tardanza.
Papá»

Eliza no consiguió despertarle la mañana del veintidós de noviembre de 1916. Se había quedado dormido leyendo Around Cape Horn: Maine to California in 1852 by ship, de James W. Paige. Tenía la cara azulada y respiraba con dificultad. Dos viales de morfina vacíos estaban caídos en el suelo.

A pesar de los intentos por mantenerle consciente nada se pudo hacer. Ni las llamadas de Charmian, ni Eliza. Las dos mujeres que siempre le habían cuidado se mantuvieron junto a él hasta el final.

Tenía cuarenta años.

Hoy, sus cenizas y las de Charmian reposan bajo una piedra en Beauty Ranch, ahora llamado Parque histórico Jack London, al lado de las ruinas de un caserón de piedra. El nieto de Eliza, Milo Shepard, es el albacea de las propiedades de Jack.

SU LEGADO

Jack London no solo fue un aventurero y autor de libros sobre perros en Alaska. En solo dieciocho años de producción literaria escribió más de doscientos relatos breves, cuatrocientos ensayos, gran cantidad de artículos y veinte novelas.

Su influencia en la literatura anglosajona es muy importante. El mismo libro The iron Heel sirvió de inspiración a Orwell para su novela 1984; The road (1907) es la primera novela sobre vagabundeo, anterior a John Dos Passos, y, sin ser periodista ni dedicarse realmente a ello, The people of the Abyss, su estudio sobre la pobreza en el East End de Londres, es considerado el precursor de lo que más adelante se llamaría «nuevo periodismo».

Pero, al final de su vida, lo que menos le interesaba era lo que quedaría de sus libros. Al comprar los terrenos de Glen Allen, Jack soñó en convertir esa tierra volcánica en una finca de agricultura sostenible. Hoy, es un ejemplo de ello y las viñas que plantó con uva Cabernet Sauvignon, Zinfandel, Merlot y Syrah, en terrazas de lava roja, dan varios de los mejores vinos de California.

La crítica moderna le define como socialista con ideas fascistas y muchos le rechazan por los comentarios xenófobos de algunos de sus cuentos, pero juzgar la historia con ojos modernos es una clase grave de ceguera. Jack London fue, en realidad, un luchador que vivió soñando en un mundo mejor que el que le había tocado vivir.

BIBLIOGRAFÍA

London, Jack. 2011. El Talón De Hierro. Ediciones AKAL.

Kershaw, Alex. 2000. Vida De Jack London, Un Soñador Americano. Barcelona. La Liebre de Marzo.

Viñedos Jack London: www.kenwoodvineyards.com

London, Jack. 2016. El lobo de mar. Introducción por Yannelis Aparicio. Penguin Clásicos

MULTIMEDIA

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